Fundación Diversidad

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¿VIVA LA DIFERENCIA?
 

“Y es cosa asombrosa por otra parte: la intolerancia de las masas se exterioriza con más intensidad frente a diferencias pequeñas, que frente a diferencias fundamentales.”

Sigmund Freud
 

En nuestra sociedad, donde todavía sigue operando el sistema patriarcal, se tiende a identificar masculinidad y heterosexualidad. Cada hombre tendrá que demostrar que no es una mujer y que no es un homosexual. Por lo tanto, un hombre deberá ser heterosexual, viril, activo, fuerte, dominante, valiente. Para esto es necesario que expulse de sí todas aquellas características que representen debilidad, pasividad, sensibilidad, o cualquier otra cosa que se asocie a lo que culturalmente se construyó como femenino. El varón homosexual, al ser colocado en una posición simbólicamente femenina, constituye la materialización de lo abyecto, quedando proyectado en él aquellas partes inaceptables de cada hombre heterosexual.
 

“Una cosa es ser gay y otra es ser una mariquita”
 

La racionalidad moderna instituyó determinadas antinomias desde donde se lee la realidad, una de esas es el par Heterosexualidad/Homosexualidad. Uno de estos polos ocupa el lugar del ideal, de la identidad, y el otro polo ocupa el de lo diferente, lo otro, y por lo tanto, inferior y devaluado. La heterosexualidad es la norma: en su sentido de obligatoria y de normal. Ocupa el lugar de la autoridad simbólica, por ende, el lugar desde donde se juzga la inmensa gama de identidades, prácticas y relaciones sexuales.

Los valores heteronormativos son producidos y reproducidos social, cultural y políticamente mediante las instituciones (la escuela, la familia, la iglesia) y discursos que allí circulan (médico, religioso, pedagógico). Por eso prácticamente todos los sujetos están atravesados por las categorías de pensamiento y apreciación del mundo de los grupos dominantes. Tienen bien en claro cuál es el orden de las cosas: qué es lo que está aceptado y qué no, lo permitido y lo interdicto, lo legítimo y lo ilegítimo, lo superior y lo inferior.
Lo curioso es que así como habría una sexualidad legitima (heterosexualidad) y otras que no (homosexualidad, bisexualidad, etc), se observa la misma división dentro de la homosexualidad. O sea, habría una homosexualidad legítima y otras que no lo son.
Una manera de entender dicho fenómeno es apelando a la psicología de las masas. La mayoría intenta diferenciarse de las minorías y las ubica en un lugar de inferioridad. Para ello se vale de toda una serie de prejuicios, discriminaciones y prácticas segregacionistas. ¿Qué pasa, entonces, con este grupo que queda en un nivel jerárquico inferior y por ende fuera de los privilegios que proporciona responder al ideal de la cultura? Respuesta: Pueden apelar al recurso de menospreciar a un grupo más pequeño dentro del suyo. Obteniendo así un resarcimiento de los perjuicios que sufren dentro del grupo mayoritario.
Concretamente: Si los hombres homosexuales quedan ubicados en un rango inferior dentro de la mayoría de los hombres, al menos tienen la posibilidad de despreciar a otros que estarían aun más por debajo de ellos. Estos serían los homosexuales afeminados, “pasivas”, “mariquitas”. Si ser homosexual sería una forma precaria y devaluada de ser hombre entonces, ser, encima, afeminado sería una forma precaria y devaluada de ser homosexual. Si alguna concesión es dada, entonces bien, se podría ser homosexual, pero cuidado!! No cualquier homosexual!! sino aquél que cumple, al menos parcialmente, con los atributos hegemónicos aceptados y legítimos de la masculinidad. Se toleraría ser gay, pero por favor, que no se note. Ni en lo físico, la vestimenta, gesticulaciones o actividades. Es un intento de “normalización”, que les permite seguir identificados con los grupos hegemónicos (que los sojuzgan y oprimen), a la vez que se diferencian (despreciándolos) de los otros. De esta forma evitan quedar, al menos, en el peldaño más bajo de la jerarquía de status y obtienen una pizca de aceptación social. Satisfacción narcisista, también, a partir de pequeñas diferencias.
 

Los hermanos sean unidos…
 

Es tan sorprendente como fácil de observar la manera en que los homosexuales reproducen entre sí los mismos prejuicios y hostilidades de los que son objeto. Hasta utilizando las mismas palabras e insultos: Puto, maricón, mariquita, trolo. Todas palabras que siempre (aunque se pretenda lo contrario o se usen con otros fines), tuvieron y tendrán una connotación negativa, justamente porque fueron creadas por los grupos dominantes para estigmatizar y difamar. Cualquiera de ellas trae inmediatamente a la conciencia representaciones e imágenes inferiorizadas e inferiorizantes y al reproducirlas refuerzan la asociación de la homosexualidad a significados negativos, devaluados, vergonzantes. Es decir, son los propios sujetos discriminados los que colaboran con el mantenimiento de dicha dinámica y su naturalización, al seguir utilizando los mismos recursos lingüísticos que crearon las mayorías para designarlos difamatoriamente. Muchos homosexuales apelan a dichos recursos para despreciar a otros homosexuales, a la homosexualidad y hasta a sí mismos!

Es de suma importancia tomar conciencia de esta reproducción de la discriminación dentro de la misma minoría ya que aunque parezca inocuo, las palabras que se usan no son sin consecuencias. En principio ya se sabe que el lenguaje refleja las relaciones de poder existentes en lo social. ¿Por qué, sino, no puede usarse como insulto (y si se lo hace, no se ofendería a nadie) gritarle a alguien “heterosexual” y sí es insultante gritarle “puto”? Por qué para designar a alguien como cobarde o temeroso (atributos negativos) no se le dice heterosexual sino maricón o trolo?
Para empezar a nombrar socialmente la realidad, los sujetos incorporan las palabras disponibles desde hace mucho tiempo con las que se designa (y estigmatiza) a aquellos individuos que se desvían de la norma o son señalados como “diferentes”. Por eso no se puede subestimar la eficacia del lenguaje. Sobre todo cuando los integrantes de una minoría no pueden nombrarse e imaginarse a sí mismos con otros instrumentos y esquemas de referencia que no sean los de la mayoría.

Para finalizar me gustaría señalar que más allá de los motivos subjetivos y personales que a cada individuo lo llevan a sentir angustia o perturbación frente a lo que le es distinto, ajeno (y no tanto) en el terreno de la sexualidad (que tanto moviliza al ser humano), sería deseable que empecemos de una vez por todas a respetar las diferencias.
Digo respetar y no tolerar ya que tolerar es un acto de poder que implica una concesión hacia los más débiles. Los derechos no los otorga nadie, sino que se reconocen y se respetan. Si logramos percibir las diferencias en su positividad, podremos enriquecernos unos a otros en nuestra suplementariedad.

Lic. Demián Loiterstein



 


Nace una flor

 

Mi hija Layla nació en casa, el 7 de septiembre de 2007. Nuestra familia tuvo el mejor comienzo posible: un parto humanizado en el que los tiempos naturales del nacimiento fueron respetados, y mi hija y yo nunca fuimos separadas.

Atravesé el trabajo de parto sin medicamentos de ningún tipo, sólo la presencia amorosa de David -el papá-, y Alicia, mi amiga del alma. Los profesionales que nos acompañaron -partera, obstetra y pediatra-, lo hicieron sin invadirnos, siguiendo el ritmo del nacimiento con respeto y sin apuro.

Layla llegó al mundo después de diez horas de trabajo de parto, en las que tuve la libertad de hacer lo que mi cuerpo me pedía: caminar, meterme en el agua tibiecita, tomar líquidos, comer, reirme, pujar en cuclillas, mover mis caderas rítmicamente, y gritar con furia.

Todas estas acciones son propias del acto de dar a luz, y necesarias para el éxito del nacimiento. Sin embargo, son censuradas -y casi prohibidas- en los nacimientos institucionales, en los que el parto está dirigido por el personal médico, y a las mujeres se las inmoviliza física y emocionalmente desde que ingresan al sanatorio.

La organización no gubernamental Dando a Luz, que trabaja por difundir los derechos del nacimiento, enlista la cadena de procedimientos a los que son sometidas las mujeres a punto de dar a luz:

 Internación precoz
 Internación con separación del acompañante en algunos casos (especialmente en los hospitales públicos)
 Posición acostada y restricción de movimientos
 Prohibición de ingerir alimentos y líquidos
 Colocación de vía endovenosa
 Monitoreo electrónico
 Goteo de oxitocina
 Rotura artificial de bolsa (amniotomía)
 Analgesia peridural
 Traslado en silla de ruedas a sala de partos
 Pujo conducido
 Maniobra de Kristeller (presión en el fondo uterino para "empujar" el bebé a su salida)
 Episiotomía (incisión quirúrgica en la vulva que se practica rutinariamente, con el argumento de que facilita la salida del bebé)

Las mujeres ingresamos al sanatorio u hospital en calidad de "pacientes", es decir, "personas que padecen física y corporalmente, y que se hallan bajo atención médica", según la Real Academia Española. Pero el parto no es una enfermedad ni un padecimiento, es un hecho fisiológico del cuerpo humano femenino, como la digestión, la respiración, y la circulación de la sangre. El embarazo no es una enfermedad, y el nacimiento no es una patología.

La partera Debbie Diaz, coordinadora de la Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del Parto y el Nacimiento (RELACAHUPAN) explica como funciona la cadena de intervenciones que se realizan en el proceso de nacer: "El confinamiento a una cama, y la limitación de no poder satisfacer las necesidades físicas y emocionales produce malestar, lo que aumenta el dolor de manera no natural, y con ello también aumenta la utilización de analgésicos, narcóticos o anestésicos".

Por otro lado -continúa Debbie- "las mujeres que logran vivir la experiencia de parto ambulando, tomando líquidos, y permitiéndole al cuerpo las posturas que mejor se ajusten a su necesidad, sienten más placer, y no desean usar medicamentos para evitar el dolor".

Esto es en el mejor de los casos -un parto vaginal-, ya que la Argentina tiene uno de los índices de operaciones cesáreas más elevado del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 50 por ciento de los bebés que nacen en las clínicas privadas argentinas lo hacen a través de esta cirugía. La tasa disminuye al 30 por ciento en los hospitales públicos. La OMS estima que la tasa razonables de nacimientos por cesárea no debería superar el 15 por ciento. A esto se debe agregar que muchos de estos nacimientos se dan a través de cesáreas programadas de acuerdo a la conveniencia del obstetra.
 

Pero volvamos a la noche en que nació Layla. La luz era suave y habíamos entibiado la casa. Las contracciones se iban intensificando, y yo las pasaba abrazada a la partera, de la mano de David, repitiendo un "ooooo" profundo, como un canto ritual. Las contracciones eran como olas: llegaban suavemente, como un cosquilleo, subían en intensidad hasta alcanzar su punto más álgido (hablo en términos de dolor), y volvían a descender. Al final, llegué a dormitar entre contracciones, maravillada ante el perfecto equilibrio hormonal de mi cuerpo, que recuperaba la energía de esta manera.

Sin embargo, una mujer "moderna" embarazada podría preguntarse: "Por qué en el siglo XXI tengo que atravesar por el dolor del parto, cuando la ciencia médica puede darme las herramientas para parir a mi hijo sin dolor?"

Debbie, la partera, responde que "el dolor del trabajo de parto guía a la madre. El cuerpo es sabio y pide posiciones que estén en armonía con la posición del bebé. Lo ayuda en sus rotaciones, y en su descenso. Y ayuda a que la cabeza – o la pelvis- del bebé, se abra camino con el menor sufrimiento posible. Las sensaciones del parto son la única señal física para mantener este trabajo vital, y el ritmo entre el dúo madre-bebé.”

                               

Yo, que pasé por la experiencia, tengo una sola respuesta: atravesé el dolor para aprender. Con cada contracción conocí una parte nueva de mí misma, una parte oculta, sagrada, una parte femenina que no había sentido nunca antes. Esa noche renací con mi hija. También el nacimento de Layla me enseñó a adorar a mi cuerpo. Cuerpo limitado, cansado, y aún perfecto. Cuerpo productor del alimento supremo: la leche. Desde que parí a Layla tengo otro porte. Me siento fuerte como una osa. Ya no le tengo miedo a la profundidad ni a la oscuridad. Ya no le tengo miedo a casi nada.
Cada nacimiento es único, y cada mujer aprenderá lo que sea que tiene que aprender. Sin embargo, esta experiencia es casi imposible de alcanzar en un parto intervenido, en donde la mujer no es mujer sino "paciente", y en donde los nacimientos se producen en serie, como heladeras, como relojes Made in China.

Unos días después del nacimiento de Layla escribí en mi diario: "Cierro los ojos y me veo desnuda, pujándote hija, gritando en la semi oscuridad. Con cada grito me vacío de dolor. No es sólo el dolor del parto. Es mi viejo dolor del alma. Esa noche grité. Como nunca antes lo había hecho en mi vida.
Grité con furia y con miedo. Grité con esperanza y con pasión. Grité para expulsar al diablo de la caverna. Esa noche entendí el ciclo de la vida. Lo que empieza, termina. O mejor: se transforma. Lo que nace, muere, y lo que muere renace". Y así renací yo.
 

El bebé pertenece al seno de la madre
 

Dí a luz a Layla a las 12.46, sin anestesia, desnuda y parada. Fue el acto más apasionado y veraz de mi vida. Nunca voy a olvidarme de las palabras de la partera: "Laura, agarrá a tu hija". La tomé en mis brazos, caliente y resbaladiza. Tenía sus veinte deditos y era del color de los arándanos. Nació llorando y yo la llenaba de besos suaves. Le hablaba como mamá por primera vez: “Hola mi amor, sos hermosa, bienvenida”.


Sobre mi pecho, piel con piel, la revisó el pediatra. Nunca fuimos separadas. Layla no fue bañada, y pudimos olernos, reconocernos, como hacen todos los mamíferos con sus crías. Sin embargo, en el 98 por ciento de los nacimientos de la Argentina -donde sólo un dos por ciento de los partos se dan en casa-, éstos son los procedimientos que, rutinariamente y sin que haya una explicación científica que los avale, son practicados sobre los seres humanos recién nacidos (fuente: Dando a Luz ):


 Recepción en sala de partos con temperatura inadecuada ( generalmente baja) para el bebé
 Corte inmediato del cordón umbilical
 Separación precoz de la mamá para controles y observación
 Aspiración de secreciones
 Sonda oro gástrica
 Sonda anal
 Vitamina K inyectable
 Vacuna contra la hepatitis B
 Profilaxis oftálmica (gotas de nitrato de plata ó eritromicina en los ojos)

Todas estas prácticas, además de no ser necesarias sino en casos muy puntuales, duelen y representan un estrés enorme para el bebé, que es separado del lugar al que pertenece: el seno de su madre. Esta separación puede interferir seriamente con el inicio de la lactancia. Alejandra Galván, ex presidenta de Liga de la Leche Argentina, y líder de la organización, lo explica así: "Un parto respetado favorece la lactancia porque no hay intervenciones que la desfavorezcan como la utilización de la anestesia. La anestesia puede hacer que la mamá no esté tan disponible luego del parto y que el bebé esté adormecido ("no se prende a la teta"), lo que afecta el comienzo temprano y oportuno de la lactancia durante la primera hora de vida. En los partos respetados, los bebés no son separados de sus mamás en ningún momento. Además, hay mucho
Derecho a un nacimiento libre, íntimo y en paz.


No hay estadísticas sobre las improntas emocionales que causan estas intervenciones, pero poniéndonos por un segundo en el lugar de un recién nacido que sale del vientre materno, y es separado del pecho de la madre inmediatamente para que -entre otras cosas- se le coloquen sondas en la nariz y en el ano, podremos sentir el terror y el abandono con el que experimenta al mundo por primera vez (más información sobre las rutinas practicadas sobre los bebés y la importancia del contacto inmediato entre la mamá y el recién nacido, click acá ).

A Layla no "le hicimos" nada. En cambio, dejamos que ella hiciera. Así fue que solita se prendió al pecho. Dejamos que nuestras hormonas fluyeran, y que naciera el apego que nos unirá para siempre. El equilibrio hormonal que se produce después de un nacimiento no intervenido causa el "enamoramiento" de la mamá hacia el bebé. La lactancia es, naturalmente, el paso siguiente ¡Cuánto más sencilla es la maternidad cuando seguimos el flujo natural de nuestro cuerpo y actuamos desde el instinto!

Un parto respetado no es necesariamente un parto en casa, o un parto en el que no se utilizan medicamentos o anestesia. Un parto respetado es un parto en el que la mujer tiene la libertad de elegir como desea dar a luz, y su voluntad es respetada por el personal médico que la acompaña. En la Argentina, es muy difícil lograr un parto respetado en una institución, pública o privada, a pesar de que los derechos de los padres y los hijos durante el proceso del nacimiento están contemplados por la Ley Nacional 25929.



Las mujeres tenemos derechos:



A parir como nos salga, gritando, llorando, riéndonos a carcajadas, paradas o en cuclillas.
A decidir qué queremos para nuestro cuerpo.
A atravesar del trabajo de parto acompañadas de un ser querido.
A recibir a nuestros hijos en silencio, con luces suaves que no lo asusten y en una habitación cálida.
A que no nos arranquen a nuestros hijos de las manos a los pocos minutos de nacer.
A que nuestros hijos sean tratados con dignidad y respeto, y a oponernos a las prácticas innecesarias que sobre ellos se practican.

Decidir un parto en casa para nuestra hija fue un proceso que duró nueve meses. Nueve meses en los que me preparé para recibirla. Me informé, leí, y participé de grupos de mujeres que buscaban un parto humanizado. Miré adentro mío, encontré cuáles eran mis recursos, supe cómo quería dar a luz.

Layla nació en casa, naturalmente, como nace una flor. Fue un nacimiento libre, íntimo y en paz.

Testimonios de partos respetados

Josefina (mamá de Joaquín, 4 años, y Emma, de tres meses, nacida en casa): "Con Joaqui tuve un dolor terrible antes de que me pongan la (anestesia) peridural. Era un dolor insoportable, constante, creí que me volvía loca. Gritaba: "¡Que me lo saquen!" Este dolor duró aproximadamente media hora, porque pedí la peridural a los gritos. Ese dolor no fue el dolor natural de mi cuerpo, sino que fue provocado por el famoso "suerito": la oxitocina sintética, que corría a borbotones por mi sangre. De ese dolor no aprendí nada, absolutamente nada. Fue un dolor carente de todo sentido, porque me dolía tanto que no sentía nada: toda mi panza estaba dura, con un dolor que la abarcaba completamente. Y yo estaba totalmente desconectada de mi bebé, de mi cuerpo y de mí misma. No fue dolor, fue sufrimiento. Cuando me anestesiaron, solo sentí la sensación de pujo, pero no el dolor. Sin embargo, la desconexión siguió siendo la misma. Es triste, pero apenas nació Joaqui y me lo pusieron en el pecho, no pude reconocerlo como mi hijo...

¡Con Emma fue tan distinto! ¡El dolor fue tan diferente! Las contracciones fueron aumentando gradualmente, en intensidad y en duracion. Cada contracción me preparaba para la siguiente. El dolor era localizado, y no en toda la panza. No era un dolor constante, y entre cada contraccion podía descansar. Ese dolor me conectaba con mi hija, me llevaba al momento del parto, me conectaba con mi cuerpo, con mis sensaciones, con mis miedos... Ese dolor no era solo oxitocina, era MI oxitocina, mezclada con las endorfinas que me hacían atravesar cada contracción y salir victoriosa. Era dolor de parto, no sufrimiento.

Y las últimas contracciones, las que traían la urgencia del nacimiento, en las que mi propia hija empujaba en el canal de parto ¡Dios, qué dolor tremendamente hermoso! Y el momento sublime, cuando todo acaba y tenés a esa criaturita en brazos, y te das cuenta que VOS Y TU DOLOR HICIERON POSIBLE ESE MILAGRO. Y te sentís una diosa. En mi caso, el dolor VERDADERO (no el artificial) de parto fue necesario para sentirme más viva que nunca, para conectar con mi niña desde un lugar especial, ya que nosotras dos solitas lo hicimos posible, para conectar tambien con mi niña interior... Para hacerme MUJER en un sentido casi místico, que solo la que lo vivió puede entender. Y sobre todo, para devolverme el poder de lo femenino y olvidado.

Alejandra (mamá de Franco, Matías y Vicky -que nació en casa- ,y estudiante de partería): "El dolor en el parto tiene una función, que es meter a la mamá hacia adentro y replegar todas sus funciones que la conectan con el mundo exterior. Cuando sentimos dolor todos los seres humanos nos replegamos, y en el parto es una condición especial para parir. Las mujeres necesitamos “apagarnos” ,“meternos hacia adentro” para poder parir, y dejar que nuestro cuerpo trabaje desde su fisiología ancestral y salvaje, y permitir que todo fluya.

Algunas mujeres hemos utilizado el dolor como curación. En mi propio parto lo he sentido así, anestesiada en el primero y con un dolor extra producto de oxitocina artificial. Necesitaba saber cuál era mi sensación natural, y necesité también que me hablaran al oído, que me dijeran que soltara el cuerpo, que permitiera el dolor y el trabajo del útero. Lo que sé ahora lo sé por haberlo atravesado, no me conocería como me conozco de no haber pasado por ahí.

El dolor nos vuelve poderosas, y transcurrirlo nos devuelve fortaleza. “Si pude parir, puedo todo”. Cuando nos anestesian, cuando nos ponen drogas que exageran las funciones del cuerpo, cuando interrumpen nuestro parir natural con una cesárea innecesaria nos quitan eso. Parir sintiendo que estamos pariendo nos devuelve a las mujeres nuestro poder perdido.


Paula (mamá de Martín, que nació en casa hace un año): "Yo me preparé emocionalmente para atravesar el dolor en el parto. Me ayudó saber que es un dolor fisiológico, que las contracciones tienen un intervalo de descanso que lo hace más tolerable, y que el dolor es el aviso que le da el cuerpo a la mujer, porque está por nacer su bebé y debe dejar sus actividades cotidianas. Me fue útil poder resignificar el dolor, saber que si bien lo sentimos como un dolor físico, la base está en la parte emocional, y por eso es diferente para cada mujer. También está relacionado con la pérdida y las muertes simbólicas. El fin del embarazo, de la panza, la muerte de la placenta, de ser hija para empezar a ser madre... todo ésto conlleva dolor. Se dice que este tipo de dolor puede ser placentero, pero para mí no fue así: sólo sentí dolor y dolor. Y me asusté. Pero al final fue una experiencia tan tremendamente poderosa, sentir que fui capaz de hacer nacer a mi hijo, sin ninguna intervención más que el acompañamiento."





Más información:
DANDO A LUZ, organización no gubernamental que trabaja por difundir los derechos del nacimiento.
QUE NO OS SEPAREN, información sobre los procedimientos médicos rutinarios realizados sobre los recién nacidos, y la importancia de no separar al recién nacido de su madre.




PARA QUE REINE EN EL PUEBLO, EL AMOR Y LA IGUALDAD



Libertad, Igualdad, Fraternidad.

La Constitución Nacional es la ley suprema. El artículo 16 no deja lugar a dudas: “... Todos sus habitantes son iguales ante la ley... La igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas”. La igualdad es uno de las valores más irrefutables y que es compartido por todos, ya que ¿quién puede oponerse a la igualdad?. Este es el paradigma en el cual se inserta esta ley de matrimonio igualitario.

El matrimonio es un instituto del derecho positivo. Como tal, su regulación solo es atinente al consenso de los legisladores, y debe fundamentarse en razonamientos seculares. No hay lugar a motivos religiosos que puedan condicionar a este derecho civil, porque esos motivos no siempre son compartidos por todos ya que en nuestro país existe una multiplicidad de cultos y se guían por intereses espurios.

No es casual que una conquista social de esta envergadura tenga lugar en el año 2010. Es importante entender que cuando desde este gobierno nacional se impulsa a los DERECHOS HUMANOS como política de Estado, no se trata de un concepto vago, anclado en un pasado reciente como muchas veces nos quieren hacer creer. Los Derechos Humanos trascienden las cuestiones políticas y generan un contexto social de mayor tolerancia y de respeto mutuo entre Todos y Todas.


Otra historia de militancia

La lucha de la comunidad homosexual en nuestro país por la conquista de derechos civiles comienza a gestarse antes de 1975, previó a la irrupción de la más brutal dictadura que toda la nación argentina recuerde.

El Frente de Liberación Homosexual es la primera organización que emergió en la esfera de la actividad política partidaria. Con Néstor Perlongher a la cabeza, esta agrupación contó con el apoyo parcial y difuso de algunas agrupaciones peronistas de la época e incluso de un segmento de Montoneros. El terrorismo de Estado se encargo de aniquilar al movimiento y sus ideales.

Cuando la democracia lo permitió, aparece la CHA (Comunidad Homosexual Argentina), que hasta el día de hoy continúa trabajando. Con ella se inaugura la aparición de la defensa de las minorías sexuales en las organizaciones de la sociedad civil. Surge una diversidad de ONGs que actúan el mismo sentido, muchas veces en ámbitos más reducidos y específicos.

Esta ley de matrimonio igualitario fue defendida con pasión y convicción por la Federación Argentina de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales (FAGLTB), quien nuclea a todas las asociaciones civiles y fundaciones que se han encausado en esta lucha. Su Presidenta, Maria Rachid, ha articulado el enorme trabajo de numerosas personas con las instituciones del Estado Argentino para lograr esta conquista histórica.


Votos positivos

El proyecto de matrimonio igualitario obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados y fue girado a la Cámara de Senadores para su revisión. En la cámara alta también obtuvo aprobación por 33 votos positivos contra 27 votos negativos en una sesión histórica.

El debate fue intenso y dejo al descubierto a algunos personajes que todavía defienden conceptos arcaicos como por ejemplo el “orden natural” que solo tienen como base el dogma religioso y poco lugar dejan a la razón; también tuvimos que oír otros mas peligrosos y que recuerden a los peores regímenes totalitarios de la historia mundial como lo fue la “objeción de conciencia” defendida por la senadora Negre de Alonso.

La madrugada del 15 de julio será mencionada en los libros de historia. Fue una de esas jornadas en las que la ciudadanía sigue con atención el debate de sus representantes en el recinto, jornadas a las que afortunadamente nos estamos acostumbrando desde que la política volvió a ser la herramienta de transformación de la realidad social, desde aquel siempre bien ponderado año 2003.

 

Imitemos el ejemplo


La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner promulgó esta ley de matrimonio igualitario el 21 de julio de 2010 en la Galería de los Próceres Latinoamericanos, acompañada por la presencia de casi la totalidad del gabinete nacional, jueces y juezas, diputados y senadores oficialistas y de otros partidos, lideres de la región, organizaciones de derechos humanos y de muchos ciudadanos y ciudadanas agradecidos.

En su discurso nos ilustró claramente con una situación este nuevo derecho conquistado: “… Yo al otro día de una sanción tan importante de una ley me había levantado exactamente con los mismos derechos que había tenido antes de la sanción (…). Y sin embargo había cientos de miles que habían conquistado los mismos derechos que yo tenía. Nadie me había sacado nada y yo no le había sacado nada a nadie; al contrario le habíamos dado a otros cosas que les faltaban y que nosotros teníamos (…)”. Los aplausos colmaron la Casa Rosada.

Este proyecto nacional tendrá su mejor página en la historia de la Argentina. Y es nuestra responsabilidad como jóvenes seguir avanzando a través de la militancia en este camino de igualdad y de inclusión social.


Artículo publicado en La Cámpora



 




LOS MUCHACHOS NO LLORAN

“Se puede no pensar en una sociedad que permanece, no en una sociedad que cambia. Para controlar el cambio social es necesario levantar un poco, de vez en cuando el velo de la realidad social. La técnica es ciega y si se la deja sola, destruye lo que toca. Pensar es, efectivamente, peligroso para el orden”
Jesús Ibáñez


Cada momento histórico construye y define lo femenino y lo masculino, no se nace varón o mujer sino que éstos son efecto de un complejo proceso de socialización en el que se entraman discursos, imaginarios sociales e instituciones que obedecen a modelos dominantes sobre los modos legítimos de ser Hombre y Mujer. Cada género tendrá asignado determinados roles, distintas prácticas legítimas y ámbitos de circulación.

El “XY” de la cultura

El hombre, en el modelo tradicional de masculinidad aparece, en principio, como un ser superior con respecto a la mujer. El varón tradicional, valuarte de la masculinidad hegemónica, reúne una serie de características que definen su perfil: El hombre debe ser heterosexual, fuerte, sólido, competitivo, inteligente, activo, y posesivo en la sexualidad. A su vez se le adjudican valores como la dureza, la valentía y la iniciativa. Sus prácticas se inscriben en el mundo público donde circula un saber racional, ejercido por especialistas. Se lo reconoce por un tipo de corporalidad, disposiciones gestuales, hábitos corporales e inflexión de la voz que conforman una particular estética de la presentación y representación masculina.
Es así como se establece un modelo del varón con sus respectivos mandatos de rol, prescripciones, prácticas y valores. De esta forma queda instituida la norma, es decir, lo que se considera normal. Y no ceñirse a ella tiene su costo: aquello que no encaje con la norma se define como desviado, anormal, patológico, ilegítimo.
Hombre y mujer normal devienen matrimonio. Los varones que no se adecuan a la norma, “raros” o reacios a ostentar aquellos rasgos definidos como viriles, calificaban en otras categoría inferiores e inferiorizantes. Un “verdadero hombre” debe reprimir las emociones, el miedo, la debilidad y estar dispuesto a irse a las manos cuando corresponda. Tiene prohibido mover las manos como una mujer, llorar como un maricón, ser cobarde como un “puto”.
Tiempos posmodernos

Esta masculinidad definida por la modernidad está sufriendo grandes modificaciones, evidenciando un quiebre del sistema patriarcal. Dichos cambios se deben, entre otras cosas, a la redefinición del lugar social de la mujer como así también al rechazo por parte de un gran numero de hombres a este modelo. Son hombres que prefieren vivir su masculinidad por fuera de la masculinidad hegemónica.
Hoy más que nunca asistimos a una conmoción de los mandatos e ideales heredados de la modernidad. El repertorio de identificaciones ofrecidos a los hombres ya no es tan rígido. Este fenómeno atraviesa varios aspectos de la cultura, como publicidades, medios de comunicación en general, algunos libros escolares, líderes de bandas de rock y pop, etc.
Dentro de estas masculinidades que comienzan a mostrarse como modelos alternativos, el caso más notorio es el de la masculinidad homosexual.
Ahora bien, aunque la homosexualidad pasó a ser una alternativa pública dentro del orden heterosexual, no implica que la cuestión esté superada. Por el contrario, sigue existiendo discriminación hacia la homosexualidad y entre ésta y la heterosexualidad continúa existiendo una relación de dominación-subordinación. De esta manera queda ubicada en la parte más baja de una jerarquía de género entre los hombres, lugar donde va a parar todo aquello que fue simbólicamente expulsado de la masculinidad hegemónica. Esto se traduce en una amplia gama de vivencias concretas a las que los homosexuales están expuestos. Partiendo de situaciones cotidianas (rechazos en círculos laborales, entre pares y familiares, insultos, violencia callejera) , pasando por violación de derechos ( imposibilidad de contraer matrimonio entre personas de igual sexo y la de adoptar un menor) hasta boicots personales.(en el mejor de los casos desembocan en consultas a un psicoanalista; en el peor, bordean el suicidio)

I have a dream...

Finalmente quería resaltar la importancia de des-invisibilizar (o como reza el epígrafe, levantar “el velo de la realidad social”) estas cuestiones planteadas, en tanto que refieren a una dimensión que es del orden de la justicia que se pretende alcanzar en la distribución de poder y de acceso a los bienes materiales y simbólicos entre las personas. Para lograrlo es necesario generar otras categorías que no consoliden prácticas discriminatorias, ni reproduzcan condiciones de inequidad, para que ninguna persona por el hecho de tener una orientación sexual determinada sea objeto de segregación, ni se la prive de gozar plenamente de todos sus derechos.
Desde una perspectiva ética, las categorías y paradigmas que sostienen prácticas que ayudan a mantener el statu-quo deben ser revisadas toda vez que causen malestar en los sujetos. De la misma manera es que se impone la necesidad de inventar nuevas formas de convivir, de amarse y respetarse, nuevos pactos y contratos que redefinan las prácticas cotidianas basadas en una nueva forma de percibir al otro, para respetarlo en su singularidad como persona, ciudadano y sujeto de derecho.

LIC. DEMIÁN LOITERSTEIN


 

Diseño gráfico y funcional: Gorricho. Diseño.
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