Para Juan es un día especial, se despierta contento, se acicala y baja al desayunador. Esa rutina la hizo todas las mañanas durante los últimos dos meses.
Luego pasa las horas leyendo libros o caminando por el parque.
Habla con otros jubilados y el tiempo pasa.
En el almuerzo, se sientan todos juntos y le piden a Juan que cuente historias. El es muy buen contador de historias y siempre les cuenta algo distinto.
Los abuelos vieron que ese día Juan no estaba como cualquier otro día, y querían saber el por qué.
Juan siente que llegó el momento de contarlo, después vería la reacción de sus compañeros de vivienda. A Juan ya no le preocupa la reacción de la gente, pero teme que sus amigos jubilados no le dirijan la palabra cuando lo sepan.
Eso le duele. Juan vive en un hogar para ancianos muy lindo y amigable. Llegó hace dos meses, un día de lluvia y frío. No por estar mal de salud y no valerse por si mismo; sino porque es viudo y no tiene hijos. El resto de su familia está con sus hijos y nietos, no se pueden ocupar de él. Juan decidió pasar sus últimos años en compañía de personas de su misma edad. En el hogar se adaptó rápido, ayuda a las enfermeras, tiene amigos y es libre para salir durante el día a pasear. Cuando sale, visita su viejo barrio, a su familia y algunos días ellos lo visitan en el hogar.
Llega la hora del almuerzo, los ancianos caminan hacia el comedor desde distintos lugares de la casa. Desde la llegada de Juan, ya no comen en pequeños grupos, sino que hay una mesa larga donde se ubican los veinte abuelos. Todos atentos a las anécdotas e historias que Juan cuenta en las comidas.
Clarita, una mujer de unos 80 años, con mucha curiosidad por saber sobre la esposa de Juan no puede contenerse, le pregunta como conoció a su esposa. Juan, casi se atraganta con los fideos del almuerzo y pensó que ya era momento de contar toda la historia. La verdadera historia.
Juan traga, se limpia la boca y les cuenta. Era un día de primavera, Juan le dijo a su madre que esa noche tendrían un invitado muy especial y quería que estuvieran contentos y lo trataran muy bien. La madre, ansiosa, le dijo a su esposo que llegara lo más temprano posible de su trabajo, habría una cena especial. Las horas pasaron muy rápido. Llego el padre, la madre se vistió, y preparó su mejor plato. Juan estaba ansioso pero a su vez temeroso. A las 9 de la noche, sonó el timbre de la casa, Juan abrió la puerta y lo vio. Estaba muy bello, perfumado y afeitado. Se saludaron con un beso y abrazo y ambos se dijeron al oído que todo saldría muy bien. Ya dentro de la vivienda, se acercaron los padres y el hermano a saludar. Sus caras de asombro fueron tales que no pudieron emitir sonido alguno. Juan, lo presentó, Pedro. Seguido dijo, “es mi novio”. La madre dio un grito sordo, el papá estaba pálido, pero el hermano, estupefacto, se acercó y le tendió la mano.
Los abuelos, escuchan su historia atentos, pero algo sorprendidos también.
Pedro, guiado por Juan, fue al comedor, por detrás, la familia. Se sentaron alrededor de la mesa rectangular, mantel blanco con unos dibujos verdes. Las copas altas, los platos blancos y los cubiertos brillaban por el reflejo de la luz que salía de una araña que colgaba del techo.
Los primeros minutos fueron horas. Los padres no sabían que decir y no querían hacer escándalo. El hermano, trataba de cortar el ambiente tenso haciendo comentarios, los que eran contestados por Pedro o Juan con monosílabos. La cena, pasó en un ambiente muy poco amistoso. Pedro decidió irse, saludo a la familia y se dirigió a la puerta de entrada. Juan lo acompañó, se despidieron y se volvieron a decir que saldría todo muy bien. Pedro se subió en su auto y se fue.
Juan volvió al comedor. Los padres, entre gritos, y llantos quisieron saber si eso fue una broma de mal gusto. Juan, muy entero y decidido, dijo que no. Se enamoró de Pedro, decidieron estar juntos a pesar de sus familias. La madre, no lo podía creer, le dijo que eso no era normal, tenía que buscar a una mujer, se casaría y tendría hijos y ella sería abuela.
Los abuelos están ansiosos y quieren saber que pasó. Juan les dijo que después de esa noche sus padres estuvieron un largo tiempo sin hablarle. Pero, a medida que pasaron los días lo fueron asimilando. Pedro cada tanto, lo buscaba por la casa para salir a pasear y estar juntos.
Los padres, al ver que su hijo era feliz y que no podían hacer nada para disuadirlo, lo apoyaron.
Clarita, con una mezcla de nervios y curiosidad, pregunta que pasó, si se casaron, si no, si se pelearon.
Al tiempo, de esa cena tan nefasta, decidieron mudarse juntos y formar una pareja. Ellos querían casarse, pero no se podía. Además, no era una situación que la podían comentar con cualquier persona.
Carlos, tomó un sorbo de agua, traga y le dice: “¿que haces acá?, si tenes a alguien que te quiere”. Juan con una sonrisa, “estoy acá, porque hace dos meses Pedro falleció. Yo no quiero estar solo y mi hermano esta con su familia y nietos.”
Entra una de las enfermeras para recoger la mesa y decirles a los huéspedes que es la hora de la siesta.
Todos obedecen, sienten que necesitan unas horas para asimilar lo que su nuevo conviviente les acaba de confesar.
Juan, recostado en su cama, siente un alivio en el pecho.
En la merienda, Carlos se acerca a Juan con un recorte de un diario algo viejo, se lo muestra, se puede leer el titulo de la nota: “es legal la unión civil entre personas del mismo sexo”. Juan, con los ojos llenos de lágrimas, lo abraza.
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